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El lógico que también fue militante
Bertrand Russell (1872–1970) fue un filósofo y lógico británico que ayudó a fundar la filosofía analítica, escribió más de setenta libros y ganó el Nobel de Literatura en 1950 —no por poesía o novela, sino por la calidad de sus escritos en defensa de la humanidad. Es suyo el paradójico problema que lleva su nombre, la teoría de las descripciones y, junto con Alfred North Whitehead, el monumental Principia Mathematica. Fuera de la academia, pasó seis meses en prisión por oponerse a la Primera Guerra Mundial y, casi con noventa años, volvió a ser condenado por sus campañas contra las armas nucleares.
Pocas vidas reunieron tanto rigor técnico y tanta militancia pública. Entender quién fue Russell exige seguir los dos hilos: el matemático que quiso reducir la matemática a la lógica y el pacifista que siguió siendo una voz incómoda hasta los 97 años.
Una infancia solitaria entre aristócratas
Russell nació el 18 de mayo de 1872 en Ravenscroft, la casa de campo de la familia en Trelleck, Monmouthshire, Gales. Su infancia estuvo marcada por muertes tempranas: su madre, Katherine, y su hermana Rachel murieron en 1874, cuando él tenía dos años; su padre, el vizconde Amberley, murió unos dieciocho meses después. Su abuelo, Lord John Russell, había sido dos veces primer ministro y murió poco después del sexto cumpleaños del nieto. Bertrand y su hermano Frank quedaron entonces al cuidado de su abuela, la condesa Russell.
Detrás de esa custodia hubo una disputa. El padre quería que sus hijos se criaran como agnósticos, y para impedirlo la familia acudió a los tribunales: el niño quedó bajo tutela de la Corona y fue entregado a su abuela. Educado en casa por institutrices y tutores en lugar de ir a la escuela, aprendió francés y alemán con fluidez —pero creció casi sin contacto con otros niños, algo de lo que se arrepintió más tarde. A los once años, al aprender geometría euclidiana, describió la experiencia, según recoge la Britannica, como deslumbrante como el primer amor: al fin existía un conocimiento que podía demostrarse. La esperanza de dar a todo saber ese tipo de fundamento seguro lo acompañó el resto de su carrera.
Cambridge, la conversación con Moore y el regreso a la lógica
La soledad terminó en 1890, cuando ingresó en el Trinity College de Cambridge para estudiar matemáticas. Allí entró en la sociedad de los Apóstoles, un grupo estudiantil secreto que reunía a filósofos influyentes, y terminó cambiando las matemáticas por la filosofía. Obtuvo una beca de investigación con una tesis sobre los fundamentos de la geometría, publicada como libro en 1897 con el título An Essay on the Foundations of Geometry —una obra todavía de tinte idealista, que trataba la geometría como descripción de la estructura de la intuición espacial en el sentido de Kant.
El idealismo duró poco. Hacia 1898 Russell lo abandonó, en un giro que atribuyó en parte a sus conversaciones con su colega G. E. Moore, pero que debió sobre todo a un grupo de matemáticos alemanes —Karl Weierstrass, Georg Cantor y Richard Dedekind— que buscaba fundamentos lógicamente rigurosos para la matemática. De ese giro salió la convicción que lo orientó desde entonces: la filosofía avanza por el análisis, no por la construcción de grandes sistemas.
La paradoja y el Principia
En el primer Congreso Internacional de Filosofía, celebrado en París en 1900, Russell conoció los trabajos del matemático italiano Giuseppe Peano y se puso a estudiarlos de inmediato. El resultado fue The Principles of Mathematics (1903), donde defendió el logicismo: la tesis de que toda la matemática puede derivarse de un pequeño conjunto de axiomas puramente lógicos. Al terminar el trabajo, descubrió que el alemán Gottlob Frege había llegado antes a ideas semejantes —y añadió un apéndice reconociendo su precedencia.
Pero en 1901 él mismo había detectado una grieta en el proyecto. La paradoja de Russell nace de la clase de todas las clases que no son miembros de sí mismas: si es miembro de sí misma, no debería serlo; si no lo es, debería serlo. La contradicción golpeaba el cimiento sobre el que él y Frege querían levantar la matemática —y, al recibir la carta de Russell, Frege respondió que la aritmética se tambaleaba. La respuesta de Russell fue una reestructuración de la lógica: la teoría de los tipos, desarrollada entre 1903 y 1908, que organiza las sentencias en niveles jerárquicos para impedir ese tipo de autorreferencia.
Entre 1910 y 1913, en colaboración con Whitehead, Russell publicó los tres volúmenes del Principia Mathematica, un intento hercúleo de demostrar matemáticamente lo que el libro de 1903 había defendido filosóficamente. Décadas después, el teorema de incompletitud de Kurt Gödel, de 1931, mostró que ninguna teoría lógica única puede derivar toda la matemática —el gran objetivo del Principia era inalcanzable. La obra, aun así, es reconocida como uno de los grandes logros intelectuales del siglo XX y marcó el desarrollo de la lógica matemática.
La filosofía que cambió de idioma
La contribución de Russell más citada por los filósofos no proviene del Principia, sino de un artículo breve: «On Denoting», de 1905. En él está la teoría de las descripciones definidas, que traduce proposiciones como «el actual rey de Francia» a formas que no necesitan suponer la existencia de lo que nombran. La idea de que la gramática del lenguaje cotidiano oculta la verdadera forma lógica de las frases se convirtió en su herencia más duradera. Junto con Moore, es reconocido como fundador de la filosofía analítica, la tradición dominante en el mundo anglosajón; su epistemología produjo además el atomismo lógico y el monismo neutro, la tesis de que la «materia última» del mundo no es ni mental ni física, sino algo neutro entre las dos.
También estaba el escritor para el gran público. The Problems of Philosophy (1912) demostró que sabía explicar temas difíciles a lectores no especialistas, y libros como Marriage and Morals (1929) y The Conquest of Happiness (1930) se vendieron mucho. En 1911, sin embargo, llegó a Cambridge un joven austríaco, Ludwig Wittgenstein, cuyo Tractatus vino a sacudir la concepción platónica que Russell tenía de la lógica —uno de los golpes que lo alejaron, con el tiempo, de la filosofía técnica.
Prisión, escuela y ruptura con el comunismo
La Primera Guerra Mundial convirtió a Russell en agitador político a tiempo completo. Activo en el movimiento contra el reclutamiento obligatorio, perdió su docencia en el Trinity en 1916 por su pacifismo, fue multado con 100 libras por un panfleto y en 1918 fue condenado a seis meses de prisión por un artículo publicado en el periódico The Tribunal. En su celda escribió Introduction to Mathematical Philosophy (1919), una divulgación del Principia.
En 1920 visitó la Rusia soviética y dejó constancia de su rechazo al comunismo bolchevique en The Practice and Theory of Bolshevism; ese mismo otoño fue a China a dictar clases de filosofía en la Universidad de Pekín. Con su segunda esposa, Dora Black, con quien se casó en 1921, fundó en 1927 la escuela experimental Beacon Hill, dedicada a la educación primaria progresista y mantenida hasta 1932. Su vida privada siguió siendo turbulenta: Russell se casó cuatro veces —con Alys Pearsall Smith en 1894, Dora Black, Patricia Spence en 1936 y Edith Finch en 1952— y en 1931 heredó el título de tercer conde Russell tras la muerte de su hermano.
Sus años en Estados Unidos, entre 1938 y 1944, terminaron en escándalo: su nombramiento en el City College de Nueva York fue anulado en 1940, bajo protestas por sus posturas sobre el sexo y la religión. Al borde de la ruina financiera, aceptó clases en la Barnes Foundation de Filadelfia —de las que nació A History of Western Philosophy (1945), un éxito de ventas que durante años fue su principal fuente de ingresos.
Nobel, la bomba y el último llamamiento
El reconocimiento oficial llegó tarde y de golpe: la Orden del Mérito en 1949 y el Nobel de Literatura en 1950, concedido por el conjunto de sus escritos —de la lógica a la moral y la política. Pero la última etapa de Russell perteneció a la guerra fría. El 9 de julio de 1955 difundió en Londres el Manifiesto Russell-Einstein, firmado también por Einstein, que había confirmado su apoyo en una de sus últimas cartas, meses antes de la difusión, y que convoca a los científicos a evaluar los peligros de las armas de destrucción masiva y se cierra con un llamamiento directo: «We appeal, as human beings, to human beings: Remember your humanity, and forget the rest» —en traducción editorial, «apelamos, como seres humanos, a seres humanos: recuerden su humanidad y olviden lo demás». El documento sentó las bases de la Campaña por el Desarme Nuclear y de las conferencias Pugwash. En 1961, con 89 años, fue condenado a una segunda prisión por su militancia, y sus últimos años lo vieron en manifestaciones masivas contra las armas nucleares y la Guerra de Vietnam.
Quien quiera resumir su motivación puede recurrir al prólogo de la Autobiography (1967), «What I Have Lived For»: «Three passions, simple but overwhelmingly strong, have governed my life: the longing for love, the search for knowledge, and unbearable pity for the suffering of mankind» —en traducción editorial, «tres pasiones, simples pero avasalladoramente intensas, han gobernado mi vida: el anhelo de amor, la búsqueda del conocimiento y la compasión insoportable por el sufrimiento de la humanidad». Y a la manera en que hablaba de la religión —para él, una enfermedad nacida del miedo y fuente de miseria incalculable—, tema de su célebre discurso «Why I Am Not a Christian», de 1927. Entre Einstein y Kant, entre la lógica simbólica y la protesta, Russell mantuvo una sola línea: ningún conocimiento está exento del examen de los argumentos, y ninguna autoridad, política o eclesiástica, debe librarse de él.
Fuentes
- Irvine, A. D., «Bertrand Russell», Stanford Encyclopedia of Philosophy
- Ray Monk, «Bertrand Russell», Encyclopaedia Britannica
- «Bertrand Russell — Biographical», NobelPrize.org
- «Statement: The Russell-Einstein Manifesto», Pugwash Conferences
- Bertrand Russell, «Prologue: What I Have Lived For», Autobiography, vol. 1, 1967
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